miércoles, 14 de octubre de 2009

Bajo el lapacho


Bajo el aura cálida del lapacho, Daro, el che pibe de la obra, procura hacer entrar en razón a Marita, la mucama de los Vega:
—No me podés hacer esto… ¿No era que te cuidabas vos? ¿qué te habías hecho poner la inyección esa en el dispensario? ¡No me vengas ahora con que por ahí falla!
Las ramas del lapacho rozan la cabeza de Daro, al punto de coronarlo con sus brillantísimas flores amarillas. El joven no para de mover las manos y orquesta su soliloquio en una andanada helada de sentido común.
—Marita no llores… ¿Cómo se te ocurre que vamos a poder mantener un hijo? ¡¿eh?! ¡No tengo un mango ni para forros y vos me venís con un hijo!
Marita cubre su vientre con ambas manos y fija la vista en una flor que acaba de caer, haciendo trompos, a sus pies.
—Te lo dije de entrada Marita, yo te quiero, pero no tengo adónde caerme muerto. ¿Qué vamos a hacer con un chico? ¿Eh? ¿Qué le vamos a dar de comer? ¿Cómo lo vamos a vestir? ¿Y los estudios Marita? ¿Qué querés? ¿Qué termine como nosotros? No cuentes conmigo, así nomás te lo digo.
Un par de las flores del tocado de Daro se desprenden y se deslizan sobre su hombro.
—Sacateló Marita o a mí no me ves más.
La joven rodea su talle con los brazos, en un gesto que pretende amortiguar el eco de las palabras de Daro dentro de su vientre, y da media vuelta. Aquí y allá, se perciben las estelas doradas de las flores que van cayendo en delicado silencio.
—¿A dónde vas Marita?
La figura de la joven se pierde trás una cortina, cada vez más profusa, de pétalos amarillos. La vista de Daro se nubla en reflejos de oro. Un pétalo sedoso le roza la cara y siente esa manito tibia y esponjosa que le acariciará la mejilla cada noche. Del torrente de flores se desprende el aroma de ese abrazo eterno que lo esperará al final de cada día. El rumor de los pétalos lo invita a percibir el tintineo risueño de las cosquillas. Las flores se derraman sobre su sien y le susurran: Magalí...
—¡Esperá Marita! No te vayas…
El diluvio va cediendo. Y con los últimos pétalos se dibuja la silueta de Marita, vacilante.
—Quedate conmigo Marita… Va a ser nena y se va a llamar…
—…Magalí —responde Marita serena desde el centro de un exquisito manto amarillo que le cobija los pies.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Los 10 de Carmela

Cuando el negro desapareció, ella pensó que nunca volvería a levantarse de la cama. Pero casi inmediatamente comprobó lo poco que una mujer rotundamente embarazada soporta permanecer acostada. Le latían las lumbares, le punzaba el coxis, y sentía deseos irrefrenables de orinar. Además, el hambre la consumía. Así que se levantó. Y una cosa llevó a la otra y cuando menos lo esperaba se encontró viviendo sin él. Había desempolvado sus revistas de repostería, había dado a luz a Carmela, y preparaba y vendía incontables tortas para costear la vida de ambas.Cada tanto, entre bizcochuelos y muñecas, se preguntaba qué habría sido del Negro. Recordaba ya sin pena el día en el que partió rumbo a las minas de Cuyo, con la promesa de mandar por ellas en cuanto se ubicara. Jamás se supo de él y a las minas nunca llegó. La policía no logró determinar su paradero y la familia juró y rejuró saber de su destino tanto como ella. Nada.
El décimo cumpleaños de Carmela la encontró frente al televisor, dando los últimos retoques al decorado de la torta que su hija había soñado. Los canales se sucedían uno tras otro, al ritmo caprichoso del dedo de la niña. Programa de chimentos, novela brasilera, propaganda de jabón, serie de animé, la cara del Negro… ¿¿la cara del Negro??... “¿¿¿Negro???” exhaló apretando involuntariamente la manga y dejando escapar un chorro de crema que fue a dar directamente a la frente vidriada del susodicho. Definitivamente era él. Una barba densa contorneaba su rostro y sus ojos negros lucían velados tras enormes anteojos de carey. Pero era él. En la parte inferior de la pantalla, un cartel rojo furioso instaba a llamar YA a un número de redondas cifras amarillas.
Soltó la manga y con la mano llena de crema tomó el teléfono. Musitó datos ante una operadora automática y luego ante una empleada autómata, y sin quitar la vista de la figura del Negro, que se movía exhibiendo uno y otro producto inútil en la pantalla, pronto escuchó su propia voz retumbar desde el aparato: “¿¿¿Negro???” se oyó dentro y fuera de la caja. "¿Mmmh?…", se sorprendió él, "ehhh... en negro no lo tenemos" contestó dubitativo, helado, con un pelapapas-vibrador-con-radio-incorporada en la mano y la ceja derecha apenas levantada. “No entiendo…” balbuceó ella alelada. “Viene en rojo, verde o plateado” agregó él con la ceja aún más en alza. “¿¿¿Por qué???” exclamó ella en el instante mismo en el que se agolparon en su mente, como instantáneas, las imágenes de las últimas semanas del embarazo, el alumbramiento, los primeros pasos de Carmela, sus rodillas raspadas, la bicicleta con rueditas, los trazos indecisos de un ‘mamá’ solitario junto a una figura de pollera y melena gigantes, la fiesta de fin de año, con aquel traje de bailarina flotando por la casa durante semanas... “El negro no viene más” contestó él, en tono bajo, con la ceja en alto, inmóvil.
Cortó la llamada y desde el aparato de TV le llegó la voz del Negro que preguntaba al aire “¿Con cuál se queda entonces?...¿hola?...¿hola?”. Tomó la manga con crema y reinició la tarea de poblar de florecitas rosadas el borde de la torta. La niña la estudió un momento y luego retomó impasible su circular paseo televisivo. Búsqueda de talentos, novela venezolana, propaganda de yogur, serie de los sententa… “¿Sabés qué Carmela?” dijo de pronto con la mirada fija en la de su hija. “Tomé una decisión que tendría que haber tomado hace tiempo”, comenzó serena, “estás viendo demasiada televisión, mañana mismo hago desconectar el cable” concluyó tajante ante la mirada compasiva de su hija que pulsó el botón rojo del control remoto y se pegó a ella en silencio.